viernes, 16 de febrero de 2018

El rechazo a los inmigrantes une a las derechas en Italia.



Italia acude a las urnas el 4 de marzo en un momento política y socialmente complicado. La crisis migratoria viene a añadirse a la larga lista de problemas estructurales que afectan a la península, desde la frágil situación económica a la inestabilidad institucional. En el mejor de los casos, la cuestión migratoria actúa como un apósito para la eterna fractura norte-sur. Como en tantos países europeos, la inmigración ha protagonizado la campaña electoral. Y como en otros miembros de la Unión Europea —en especial el Grupo de Visegrado, formado por República Checa, Hungría, Polonia y Eslovaquia— el populismo y la xenofobia ganan la partida, echando leña a la hoguera del miedo y la inseguridad de un electorado ya de por sí dispuesto a dejarse arrastrar por el fantasma de la intolerancia. En Italia, es un espectro del pasado que viste camisa negra. Quizá la diferencia clave y no menor es que, a diferencia de los países del centro y este de Europa, donde hierve un sentimiento antinmigración sin inmigrantes, en Italia residen 5,9 millones de inmigrantes, el 10 por ciento de su población.

Italia tiene una tradición compleja y secular de emigración en la que el emigrante es un arquetipo nacional. Sin embargo, en el siglo XXI, la política de inmigración está dominada por una lógica de seguridad casi sin matices. El Gobierno cesante del Partido Democrático ha levantado una muralla legal contra la inmigración mediante el Decreto de Minniti de abril de 2017 que distingue a los demandantes de asilo de los inmigrantes irregulares, prohíbe la apelación a los demandantes rechazados, aumenta los centros de detención e introduce el trabajo voluntario para los solicitantes. En 2017, el número de llegadas a Italia se redujo un 35 por ciento respecto a 2016, en gran parte por la política de externalización de fronteras con Libia (y recientemente con Sudán), fuertemente contestada por defensores de los derechos humanos. El informe 2016/2017 de Amnistía Internacional sobre Italia denuncia el uso de la fuerza, detenciones arbitrarias, expulsiones colectivas y falta de formación adecuada de las autoridades italianas en la aplicación del “enfoque de puntos críticos/hotspots” de la UE que busca la identificación y separación entre refugiados y migrantes irregulares.


Italia sigue siendo miembro del G8 y tercera economía de la zona euro, pero la deuda pública y el lento crecimiento económico preocupan a Bruselas. Los índices de pobreza de 2016 señalan un aumento generalizado del riesgo de pobreza o exclusión social (30 por ciento frente a una media comunitaria del 23,5 por ciento). Si los referendos de Lombardía y Véneto de octubre de 2017 parecen indicar un deseo de mayor autonomía, el cambio hacia un modelo de Estado más federalista no es una prioridad en esta campaña, mientras la Liga Norte extiende sus redes al sur de los Apeninos. Algo une a las dos Italias, y según una encuesta de Swg podría podría ser la “línea dura contra los inmigrantes”, apoyada por un 30 por ciento del cuerpo electoral. De ahí el endurecimiento de la campaña con declaraciones racistas como la de Attilio Fontana a favor de la supremacía blanca supuestamente amenazada o las del líder de la Liga Norte, Matteo Salvini, justificando el atentado racista de Macerata perpetrado por Luca Traini, antiguo candidato local de la Liga, como subproducto del conflicto social creado por la inmigración.

Un estudio de la London School of Economics explica la buena salud del populismo xenófobo: la inmigración es la segunda preocupación de los italianos tras el desempleo y el terrorismo es la tercera. Esta actitud favorece claramente a los partidos antinmigración mientras que el Partido Democrático de Renzi, como el conjunto de la socialdemocracia europea, saldrá claramente perjudicado al quedar atrapado entre la toxicidad del debate migratorio y la falta de alternativas creíbles. El propio Papa Francisco, en su mensaje del 1 de enero se refirió a la invasiva retórica de “los que fomentan el miedo hacia los migrantes, en ocasiones con fines políticos, en lugar de construir la paz siembran violencia, discriminación racial y xenofobia”. Su propuesta de aplicar el ius soli a los hijos de inmigrantes nacidos en Italia, fue denunciada por la Liga Norte como una intromisión en la política italiana.

Según la encuesta de EMG del 11 de febrero, el partido ganador sería el Movimiento 5 Estrellas (27,3 por ciento) que ha aprovechado su transversalidad ideológica para superar los tradicionales clivajes campo-ciudad, norte-sur o derecha-izquierda. Además, se ha sumado al argumentario antinmigración y a las teorías conspiranoicas sobre connivencias entre trabajadores humanitarios, oenegés en el terreno y traficantes de personas para desestabilizar Europa.

Sin embargo, con la nueva ley electoral de 2017 (Rosatellum Bis), que favorece las coaliciones electorales, será la de centroderecha —Liga Norte, Forza Italia, Hermanos de Italia-Alianza Nacional (FdI-AN) y Nosotros con Italia (NcL)— la que obtendrá mayor apoyo (37,4 por ciento). El incombustible Berlusconi lidera la coalición con la refundida Forza Italia (16,1 por ciento), vendiendo una imagen de gobernabilidad y estabilidad proeuropea que no casa con sus socios del norte. Pero su programa migratorio no engaña y es consecuente con el legado político que ya inició hace una década, al firmar con el propio Gadafi en 2008 un acuerdo migratorio de externalización de fronteras, asociando de esta manera inmigración y seguridad.

La Liga Norte de Matteo Salvini (14,3 por ciento en las encuestas), reinventada como partido “nacionalista italiano”, se concentra en su ideario de extrema derecha xenófoba, racista e islamófobo, recurriendo a los tradicionales tópicos sobre la depredación migratoria del trabajo, bienestar social y seguridad de los italianos. La Liga no tiene ya que moderar sus ideas radicales porque el ambiente de impunidad social lo permite casi todo. Los movimientos neofascistas, desde Fuerza Nuova a Casa Pound (inspiración para Hogar Social Madrid), crecen y se expanden en las redes promoviendo el miedo, noticias falsas y alarmismo, justificando, cuando no instigando, actos violentos como el tiroteo de Macerata.

La Alianza de Centroizquierda, liderada por Matteo Renzi, se desploma en las encuestas (27,9 por ciento) y ante el inquietante precedente de sus correligionarios socialdemócratas europeos, Renzi conjura el infortunio, acercándose a Macron y a Albert Rivera con la idea de formar un grupo independiente en el Parlamento Europeo que le salve del naufragio. Tan solo los independientes de izquierdas de Libres e Iguales parecen subir algo en las encuestas (5,2 por ciento) con una narrativa proinmigración.

Ante la imposibilidad de una mayoría suficiente para gobernar, se abren varios frentes: una gran coalición bastante improbable por las diferencias ideológicas; una coalición antieuropea entre el M5S, la Liga y los Hermanos de Italia, lo cual sería el escenario más incierto y desestabilizador para Bruselas; una coalición débil o un Gobierno minoritario que probablemente no vería el fin de la legislatura. Hay una última opción: una nueva convocatoria electoral, que supondría mayor incertidumbre y un panorama parecido al que vivió España recientemente, lo que podría alterar las coaliciones para una nueva campaña y radicalizar los mensajes a la caza del voto.

A pesar del complicado panorama de gobernabilidad, la única certeza respecto a estos comicios es que el sentimiento antinmigración saldrá reforzado. El atentado racista de Macerata del 3 de febrero y su justificación por varios políticos, como resultado del “conflicto social” generado por los propios inmigrantes y refugiados, demuestra la impunidad con la que el discurso del odio y del fascismo se ha instalado en la campaña. La periodista italo-palestina, Rula Jebreal, amenazada de muerte en su país de adopción, señala que el fascismo en Italia está vivo, confortable y creciendo fuerte como demuestran las reacciones al atentado ocurrido en Macerata, tratando de ocultar el fracaso para ofrecer a los italianos perspectivas económicas decentes. Como decía Umberto Eco después de definir el Fascismo eterno: “debemos mantenernos alerta, para que el sentido de estas palabras no se olvide de nuevo… puede regresar bajo el más inocente de los disfraces. Nuestro deber es descubrirlo y señalar nuestro dedo en cualquiera de sus nuevas instancias, todos los días, en todas partes del mundo”.

http://www.eldiario.es/tribunaabierta/rechazo-inmigrantes-une-derechas-Italia_6_740585967.html?id=740585967

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