miércoles, 13 de diciembre de 2017

El pescador que da sepultura a los inmigrantes sin nombre.



Shams Eddin Marzoug se encarga por voluntad propia de enterrar los migrantes fallecidos en la costa tunecina.
Un cartel de latón da la bienvenida a los raros visitantes —la mayoría periodistas, algún cooperante— que ponen sus pies en el cementerio más desolado de Túnez. Un mismo mensaje se repite escrito en seis lenguas diferentes, la última, el castellano: “Cementerio de los desconosidos”. Alrededor del camposanto, sin tan siquiera la separación de un muro, un par de brazos gigantes compuestos de desechos. Este es un antiguo vertedero de la ciudad de Zarzis, situada a unos 60 kilómetros de la frontera libia, el único emplazamiento que permitió el ayuntamiento.
“Las boyas amarillas y negras en forma de corazón simbolizan la hermandad entre humanos, independientemente de su color de piel. Las botellas de agua en el interior, todas pertenecientes a migrantes, representan la vida”, explica Mohsen, un jubilado funcionario de correos con una retirada a Günter Grass. Este simple memorial a los migrantes muertos que los pescadores encuentran en altamar, o el Mediterráneo escupe en las playas de la región, fue idea suya. Como todo en este cementerio, es fruto de la buena voluntad y la falta de recursos. Las promesas y las buenas palabras de todo tipo de instituciones y autoridades —la última, hace tres meses, el hiperactivo embajador francés— se las llevó la brisa marina.
De hecho, la humilde necrópolis es obra de la inmensa humanidad de un solo hombre: Shams Eddin Marzoug, un pescador en paro de 52 años. “Hasta 2004, los migrantes eran enterrados en un rincón del cementerio municipal. Pero entonces, su número se desbordó, y las familias se negaron a acoger más”, cuenta mientras sortea tumbas con una ligera cojera. Desde entonces, él, siempre él y solo él, se encarga de ir al hospital a buscar los cadáveres, trasladarlos al improvisado camposanto como puede, a veces en una ambulancia otras el camión de la basura, y darles sepultura. Según sus cálculos, aquí reposan eternamente unos 300 sueños de una vida digna que se tornaron en pesadilla.
El pasado fin de semana, la ONG tunecina Alarmphone reclutó una decena de voluntarios para asear y dignificar el lugar. A su llegada, el cementerio no era más que una lengua de tierra, de unos 50 metros de longitud, punteada por la basura y pequeños montículos, algunos casi imperceptibles, otros coronados por un ladrillo o una piedra. “Los últimos días, hubo fuertes lluvias, y removieron la tierra”, lamenta resignado Shams Eddin, cuyo chaleco, gafas de sol y un sombrero con el ala derecha erguida, le dan un cierto aire de explorador.
Los jóvenes solidarios, mezclados europeos y tunecinos, limpian primero el suelo, con rastrillos y palas. Luego, adecentarán las tumbas. Frascos, suelas y cristales rotos se alternan con algún hueso humano. Pero el material dominante es el plástico, de bolsas, envases y botellas. Los desechos del productivismo consumista se mezclan, aleatoriamente esparcidos, con los restos de los cuerpos superfluos para el sistema económico global. A las afueras de una ciudad del marginado sur tunecino, frente a la playa, pero lejos de los complejos turísticos llenos ahora de obreros rusos.
Los cooperantes han traído una lápida para la única alma con una identidad conocida. Rose-Marie, Nigeria, 27-05-2017. “La conocí poco antes de subir al barco. Entonces, ya estaba enferma, no sabemos de qué. Quizás de una enfermedad que le transmitieron en Libia sus violadores. Era una buena mujer”, recuerda Jakob, un joven senegalés de 27 años, cabello rasta y gafas de sol. Apenas termina su plática, con el resto arracimado alrededor de la tumba, se retira a unos metros y se seca una lágrima. La nave de rescate llegó a tiempo para todos los más de 150 tripulantes de la embarcación clandestina, excepto para Rose-Marie.
Tras varias horas de trabajo, la porquería ha desaparecido del cementerio. Los montículos de tierra han crecido y se han multiplicado. Y en el perímetro del recinto, crece ahora una hilera de árboles y alguna flor transplantada. “Cuando crezcan, los árboles van a solidificar la tierra y protegerlo de los desprendimientos de desechos. Esto ya tiene otra pinta, ahora es respetable”, reflexiona satisfecho Shams Eddín. “Ellos no tienen familia, solo me tienen a mí. Hasta el último suspiro de mi vida me voy a consagrar a ellos, a darles una sepultura digna”, proclama emocionado. De su otra familia, la biológica, dos hijos emigraron clandestinamente a Francia, el mayor hace año y medio, y el pequeño el pasado verano. Ninguno le informó de sus planes con anterioridad. Sabían que su padre no lo aprobaría.

https://elpais.com/internacional/2017/12/05/mundo_global

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